República

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España es un país que tiene serios problemas a la hora de mirar hacia su propio pasado. En los libros de historia de los escolares españoles, el siglo XX desaparece de un plumazo, y la educación acerca de este periodo crucial de nuestra historia tiene que darse a través de otros medios menos convencionales. Hasta hace unos años, eran nuestros propios abuelos los que nos contaban su propia vivencia de una guerra que marcó sus vidas, su futuro y nuestro presente. Muchos de los libros que realizan estudios acerca de la Guerra Civil y los años anteriores, están firmados por autores extranjeros, especialmente británicos (Paul preston, Ian Gibson, Anthony Beevor,…), pero aún estamos esperando el gran libro que recoja la memoria de un país durante casi todo un siglo.

Esta carencia educativa hace que nos enfrentemos a nuestras propias preguntas sin unas fuentes de información adecuadas. Durante la transición, se sacrifica nuestra memoria a una necesidad de convivencia que, en ese momento, se juzga más necesaria. Por eso, más que una transición hacia un régimen democrático, parece una huida hacia adelante, donde se trata de tapar heridas en lugar de curarlas, y en la que se está muy lejos de buscar culpables de las atrocidades cometidas. Algo muy distinto de los que ocurrió con las dictaduras de Videla o de Pinochet, por poner dos ejemplos.

Pero el motivo de este post es nuestra imagen de la República. Hace poco tuve ocasión de comprobar que el conocimiento de los años de la II República española es muy escaso incluso entre aquellos que la añoran. Parecía que se había generado una especie de imagen idílica de aquellos años. Por ejemplo, no muchos sabían que durante la segunda República Española, existió un gobierno de derechas, liderado por las CEDAS de Gil-Robles. El no gratuitamente denominado bienio negro. Tampoco se conocía el hecho de que este gobierno se alza con el poder después de que se de el derecho a voto de las mujeres. Pocos eran capaces de reconocer a figura necesaria de Juan Negrín para entender ese período de la historia, ni que un hermano de Buenaventura Durruti fue falangista, o  las reuniones entre Largo Caballero y José Antonio Primo de Rivera . Las matanzas de Badajoz, o de la carretera entre Málaga y Almería apenas se conocían. Ni el papel de las fuerzas anarquistas en el transcurso de la guerra, o la Columna de hierro, o su empeño en la revolución en lugar de en la defensa de la República. La mayoría de gaditanos no sabía quién era Ramón de Carranza.

Por eso nuestra propia historia me parece fallida, como la foto que encabeza este post. Un cartel en el que se lee ‘Búscame’ y una bandera republicana. Pero en el ángulo equivocado, con un encuadre incorrecto y una medición de luz mejorable. Una buena idea mal realizada. Tal vez nuestra defensa de la República sea igual. Una buena idea a la que deberíamos poner más cariño, en lugar de esgrimirla como la solución a todos nuestros males.

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