El poder de molestar

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Tengo que reconocer que no había oído hablar del escrache hasta ahora. En mi ignorancia, que no es poca, no sabía de los orígenes argentinos o cubanos de una estrategia ciudadana de señalamiento público que, visto lo visto, resulta bastante efectiva. A estas alturas, no hace falta explicar en qué consiste, aunque no es poca la desinformación que se está generando al respecto.

Hace unos meses, con motivo de la Huelga General del año pasado, discutía con unos amigos la necesidad de reinventar las protestas ciudadanas. Nuestro presidente aseguraba, en el extranjero que es donde suele dignarse a hablar, que la reforma laboral le iba a costar una huelga general. Lo daba por hecho, descontando de antemano los posibles efectos electorales. Los anteriores presidentes del gobierno, incluso Aznar, habían considerado una Huelga General como la mayor muestra de rechazo que podía hacer la ciudadanía hacia las políticas que llevaban a cabo. Incluso se permitieron la posibilidad de rectificarlas. Pero el señor Rajoy, con una prensa secuestrada, se mostraba mucho más tranquilo. No tenía intención de dar ni un paso atrás, como ha ido demostrando después, amparado en una mayoría absoluta y en la apatía política de los españoles. En aquella conversación reconocíamos que había que llevar la protesta al terreno personal.

Entre las diferentes propuestas que se nos ocurrieron, algunas de lo más peregrino, aparecía recurrentemente una idea. Las Instituciones son algo impersonal, donde los poderes políticos y económicos han creado un entramado burocrático en el que, sencillamente no sabemos movernos. Pero los que manejan las instituciones, o los que forman parte de ellas, son personas. Y ese debía ser el objetivo. Por entonces, el ministro Wert decía alguna de sus perlas respecto al número de alumnos por clase. Se propuso llevar a 26 niños de 4 años a su despacho, pera que viera de primera mano de qué estaba hablando, aprovechando que era período de solicitud de becas. Becas que estaba recortando, por cierto. De paso, se le tocaban un poco las narices, algo, por otra parte, muy español.

Creo que es poco discutible el hecho de que muchos políticos viven al margen de la realidad y que, además, les interesa muy poco. Si acaso, en términos electorales, con lo que cada persona está en función de los otros dos o tres millones de votantes. Ni siquiera es un número. Y además, sólo cobran importancia cada cuatro años. Con una legislatura recién inaugurada, hay tiempo de sobra para que las cosas se olviden, que los problemas antiguos queden sepultados por las nuevas urgencias. Desde este punto de vista, el escrache no sería solamente una estrategia informativa, si no incluso educativa. Cuando una persona tiene un cargo público, debe hacerse responsable de sus decisiones. Es su obligación conocer la realidad sobre la que actúa y es responsabilidad del ciudadano enseñársela cuando no la quiere ver. Enseñársela de manera reiterada. Es lo que se llama reproche social. Con unos medios de información que consideran que ser antifascista es ser de la izquierda radical (hoy es 27 de marzo de 2013, echen un ojo a la portada de La Gaceta), la única manera de enseñársela es llevársela a su casa, a su cafetería, a su club de paddle, al restaurante donde se gasta nuestro dinero. Que no se pueda esconder en el anonimato, y defienda públicamente que considera justo y necesario que una persona pierda su casa y quede endeudada de por vida con un banco al que han rescatado con nuestro dinero.

Por lo que se está viendo en las últimas semanas, les molesta el escrache. Y eso es bueno. El poder de molestar es una estrategia muy efectiva a la hora de conseguir objetivos. Ahora les toca contraatacar con las armas que disponen, la criminalización del movimiento, la siembra injustificada de dudas sobre la honradez de las cabezas visibles, la utilización espuria  incluso de los propios hijos, la agitación de fantasmas del pasado, la descalificación del movimiento y la estrategia, incluso la aparición de elementos violentos. No pasa nada. Contábamos con ello. Pero si en Argentina consiguieron sentar en el banquillo de los acusados a los responsables de una dictadura, algo que deberíamos hacer aquí, no existen motivos para no conseguir aquí los objetivos. Y algo incluso más importante, articular una forma de lucha eficaz y novedosa. Continuemos.

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