Cultura del Esfuerzo

cultura del esfuerzo

Llevo unos días escuchando a los liberales llenarse la boca hablando de lo que ellos denominan la ‘Cultura del Esfuerzo’. Es un ejemplo de esa manera de utilizar la falacia que tanto les gusta. En un primer momento, todos podemos estar de acuerdo en que es bueno esforzarse, y que las cosas que uno consigue tienen más mérito que las que se le regalan sin más. Incluso estoy dispuesto a admitir que es algo que trato de enseñarle a gazpachito.

Pero dándole vueltas a su argumentación, y sobre todo a lo que insinúan, va creciendo el cabreo. Déjenme contarle una historia para ilustrarlo. Por algún motivo, los estudios siempre se me dieron bien cuando era estudiante. Sin embargo, en el primer año de facultad suspendí las matemáticas y me vi obligado a repetirlas. La primera consecuencia fue la pérdida de la beca del Ministerio de Educación que venía disfrutando desde el instituto. Mis padres trabajaban los dos, y con cuatro hijos, se hacía inviable asumir la matrícula de la Universidad. Así que, con ayuda de mi hermano mayor, me puse a trabajar en un supermercado. Nos levantábamos a las 4:00 de la mañana para descargar los camiones que llegaban y colocábamos la mercancía más o menos hasta las 9:30. Después de trabajar corría a la facultad para dedicar la mañana a las clases teóricas y la tarde a las prácticas. Volvía a casa a eso de las 10 de la noche. Algunos fines de semana, tenía que acudir a la tienda también. Aquel año los días eran cosas que pasaban mientras estaba haciendo cosas. Recuerdo que ese invierno apenas vi la luz del sol. Literalmente. Conseguí aprobar las matemáticas, recuperé mi beca y pude seguir estudiando. Los años de licenciatura que me quedaban seguí trabajando, eso si, con una dinámica algo más cómoda. Una vez terminado mi paso por la Universidad, me vi obligado a trabajar 10 meses completamente gratis en un laboratorio para obtener una beca de técnico de la Comunidad de Madrid. Tampoco fue fácil, ya que las jornadas eran muy largas y tenía que buscar alguna fuente de ingresos. Entre tanto, mi padre se seguía cociendo en las carreteras españolas, la mayor parte del tiempo lejos de casa, y mi madre ponía en orden los hogares de los padres de los liberales de hoy. Mis hermanos pequeños eran pequeños, pero el mayor también había empezado a trabajar sin haber llegado a terminar aún sus estudios.

En la facultad, coincidí con el hijo de un embajador español. Era un tipo agradable. Llegaba a la facultad en coche, todas las mañanas. En alguna ocasión, pocas, le traía un coche oficial con chófer. También tuvo sus reveses, y repitió algunas asignaturas. No recuerdo haberle oído hablar de tener la necesidad de trabajar. Nunca me atreví a juzgar su vida, ya les digo que era un tipo majo.

Pero a la vuelta de los años me encuentro con una clase privilegiada que tiene la desfachatez, una de tantas, de hablarnos a los hijos de los obreros de la cultura del esfuerzo. Como si supieran lo que es eso. Y no admito sus lecciones. Todo mi entorno más cercano se vio obligado, en un momento u otro, a financiarse sus estudios de una manera parecida a la que tuve que hacer yo, en ocasiones de maneras mucho más dramáticas. Tenía compañeras que venían de Ciudad Real y que, además de estudiar, encadenaban mil trabajos para poder sobrevivir en Madrid, porque la familia no podía permitirse semejante desembolso. Sin flaquear en las notas, porque la beca era imprescindible.

Ahora aquellos compañeros que venían en coche a la facultad, y se ausentaban una semana en Febrero para irse a esquiar a Aspen, vienen a contarme lo que es la cultura del esfuerzo. Como en tantas cosas que dicen, sólo cabe una respuesta: No toquen los cojones.

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