Pequeñas victorias

pequeñas victoriasNo es fácil saber qué pensaba el ministro cuando salió de la piscina, porque la mente de los ministros es inescrutable. Pero es fácil de suponer que, envuelto en su albornoz blanco, no reparó en la presencia de una señora bajita, jubilada y con aire distraído con la que estaba apunto de cruzarse. En lo que a lo mejor sí fijó su atención fue en la cara de sorpresa de ésta cuando le reconoció, y lo que es seguro es que escuchó a la señora cuando, envuelta también en un albornoz que le llegaba a los pies le dijo, con voz alta y clara: “Dimisión, ministro, dimisión”, mirándole a los ojos mientras pasaba a su lado.

El señor ministro había acudido al balneario para disfrutar de unas merecidas vacaciones, así que es lógico pensar que no diese más importancia al incidente, máxime cuando este había ocurrido de una manera  rápida y sin que prácticamente nadie, salvo los guardaespaldas que acompañaban al ministro se diesen cuenta del mismo. Podemos aventurar que incluso se hubiese olvidado del mismo cuando, a la mañana siguiente, el señor ministro bajó a desayunar. Lo que no podía imaginar , es que , por muy grande que fuese el balneario,  el cálculo de probabilidades dictaminase que, en la recepción, por la que tenía que pasar de manera ineludible para ir a la cafetería fuese a encontrarse, de nuevo, a la misma señora. Al reconocerle, se puso en pie y, en voz  perfectamente audible, comenzó a corear: “Dimisión, ministro, dimisión”. En pocos segundos, una amplia mayoría de los presentes en la recepción del balneario se unieron a la solicitud de la señora. Comprensiblemente contrariado,  el excelentísimo señor ministro Don Jorge Fernández Díaz se escabulló hacia la cafetería donde se dio de bruces con  otro señor, algo más alto, un poco mayor, que la jubilada de la recepción, que mirándole a la cara le decía: “Dimisión, ministro, dimisión”, acompañado por un tercer jubilado que, en silencio, apoyaba las palabras de su compañero. “Estoy harto”- dijo el señor ministro visiblemente enojado- “vengo de la recepción donde todo el mundo está gritando lo mismo”.

En este punto, las versiones difieren, pero lo que es seguro es que más jubilados fueron uniéndose a la petición de dimisión, e incluso que uno de ellos le puso delante a su excelencia una bolsa llena de medicamentos, al tiempo que le preguntaba cómo pensaba el señor ministro, cuyos pensamientos son inescrutables, que podría pagarlos con apenas 700 € de pensión. También está probado que el señor ministro estuvo apunto de perder los nervios, pero que, como buen miembro del Opus Dei que es, no digamos que ofreció la otra mejilla, pero sí la mano para zanjar el asunto con los jubilados. Uno a uno, se la fueron negando, porque no es cuestión de andar dando la mano al que nos tiene cogidos del cuello. Diferentes testigos afirman que, ante la negativa, el ministro salió de la cafetería para desayunar en algún otro lugar más tranquilo, mientras los jubilados hacían lo posible para que no se olvidase de su petición.

Es justo reconocer que el señor ministro envió al director del balneario que, muy diplomáticamente, comunicó a dos de los jubilados que deseaba tener una entrevista personal y privada con ellos. No tenemos datos acerca de los motivos que condujeron al señor ministro a no invitar a la jubilada que, a fin de cuentas es la que encendió la protesta. Pero sí sabemos que esta solicitud fue rechazada por los jubilados, puesto que, teniendo en cuenta que ni el señor ministro les iba a convencer de nada, ni ellos iban a convencer de nada al señor ministro, resultaba bastante absurdo andar perdiendo el tiempo, que es un bien muy preciado a medida que uno se hace mayor y que, vistas las circunstancias, resultaba mucho más provechos para todos que cada uno siguiera cenando por su cuenta.

Tal vez este episodio no tuviera nada que ver, pero el excelentísimo señor ministro adelantó su salida del balneario dos días. Para que ubiquen las fechas, esto ocurría más o menos al tiempo que los herederos políticos del señor ministro tenían a bien reírse de un anciano estafado por las preferentes, y viene a demostrarnos que hay un camino para conseguir pequeñas victorias que podamos hacer crecer.

Me van a permitir que sea discreto con la identidad de los jubilados, pero sí quiero dejar constancia de lo orgulloso que me siento de ellos, de su conciencia de clase y su lucha sindical, de su valor inasequible al tiempo.

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